Enrique Rivarola Construcción

Gabriel Valansi

Las imágenes de Rivarola  reivindican el gesto de librar el ojo a la intuición,  sin anteponer algún rigor conceptual previo a la mirada.

Lo suyo es resbalar visualmente sobre las superficies que dan forma a un mundo que le es cotidiano, aquello que para nosotros significa la médula misma de las estructuras que habitamos.

Hay algo esencial en la búsqueda de Rivarola, algo que trasciende la textura de lo visible. Ese momento –a veces tan sublime como intranquilizador- de la pregunta ontológica sobre la materia que nos rodea.

Su impronta se fija sobre otra textura, la del bueno y viejo grano fotográfico,
No es un detalle menor, en tiempos en que el píxel, nuevo dueño y señor de la trama de casi todo lo representado en un plano, ha desplazado a la sombra de plata de su omnipresencia en la textura fotográfica.

Entonces se consuma la ceremonia visceral de la fotografía directa, esa que comienza con la cámara delante del ojo desnudo, capturando todo el prodigio que permite la luz.

Las imágenes de Rivarola son de las que invitan a ser miradas sin condicionantes.
No es poco, en un tiempo donde se le pide a las palabras que completen el sentido de lo que se mira, convirtiendo al discurso escrito en parte indispensable de la obra.

Que bueno poder saciarse solo con la mirada, y discurrir con los ojos, como propone la buena fotografía.
Simplemente dejarlos ir y refugiarse bajo las sombras de plata.
Como lo ha querido el artista desde el visor de su cámara.
En ese gesto  poético, entrañable, quizá un tanto pasado de moda, de saber mirar.